Antonino Almazán y Metrópolisur, el primer intento de reubicar el aeropuerto de Mérida

En la pasada administración del PAN (1 de agosto de 2001-31 de julio de 2007), la de Patricio Patrón Laviada, el nombre de Antonino Almazán Arteaga fue repetido varias veces y fue un personaje que jugó un papel importante para un proyecto de gobierno. Se encargó de incorporar tierras ejidales al desarrollo. Para ese entonces, el proyecto se llamó “Metrópolisur”, que básicamente consistía en reubicar el aeropuerto “Manuel Crescencio Rejón” a una nueva zona, la de Hunucmá.

Para conseguir ese objetivo, el gobierno recurrió a la pericia, a la experiencia de este personaje que antes había sido funcionario del Registro Agrario Nacional. Apoyado en su experiencia, logró negociar con los líderes ejidales de Hunucmá y consiguió para el gobierno estatal la venta de tierras.

La terminal aérea de Mérida cuenta con unas 600 hectáreas, y el nuevo tendría poco más de mil 100 hectáreas. Según los planes de Patrón Laviada la venta del terreno traería más de mil 500 millones de pesos para desarrollar el proyecto urbano, ya que para la nueva terminal se requería de la cifra de 998 millones 922 mil 067 pesos.

Aquel proyecto no pudo concretarse. Una mayoría priista en el Congreso echó por tierra ese proyecto, que también buscaba romper esa división geográfica entre el aeropuerto y la zona sur de Mérida, denominada por muchos como “sur profundo”. Evitó que el gobierno adquiriera una deuda por 1,048 millones de pesos. En ese entonces se habló de construir viviendas de todo tipo para que Mérida tenga un crecimiento ordenado y llegar el progreso a la zona sur, casi olvidada por las administraciones municipales. Ese argumento no convenció a los legisladores que al aliarse impidieron que el gobierno adquiriera el millonario préstamo económico para financiar el proyecto.

Antonino Almazán, sin embargo, logró su propósito. Incorporó más de mil 100 hectáreas al desarrollo y el gobierno estatal, al caerse el proyecto, buscó una mejor manera de aprovechar el espacio. En el siguiente, proceso electoral, el PAN perdió las elecciones y el PRI recuperó el gobierno estatal. Aquel proyecto del nuevo aeropuerto quedó en el olvido. Sin embargo, las tierras formaron parte de la reserva de tierras del gobierno que, para entonces, en el mandato de Ivonne Ortega, recayó en manos de un nuevo organismo llamado Instituto de Vivienda del Estado de Yucatán (IVEY), antes Cousey, cuya primera directora general de instituto fue Angélica Araujo Lara, quien pronto tuvo una carrera ascendente en la vida política.

Ella, del IVEY saltó para una diputación federal (el III distrito, con sede en Mérida) la cual ganó y antes de terminar como legisladora fue postulada como candidata a la alcaldía de Mérida, que ganó también. Las tierras que pretendían ser la del nuevo aeropuerto y las tareas de Antonino quedaron varadas por un tiempo. Esa porción se convirtió en un filón de oro. Poco a poco el gobierno empezó a ver en esas tierras la posibilidad de desarrollar proyectos y lo convirtió en un gran corredor industrial.

Producto de las tareas de Antonino, hoy día, en esa zona se asienta la Cervecería Yucatán, que se convirtió en una empresa que generó empleos directos e indirectos y que fue acompañada de la instalación de una empresa filian de fabricación de envases de aluminio.

La cerveza yucateca empezó a brillar por toda la región y el mundo. En ese mismo corredor se asentó el Politécnico Nacional, y otras empresas de producen alimentos para animales. El desarrollo llegó, aunque tarde. Las tierras fueron aprovechadas para otros fines que están generando recursos económicos a las familias de la zona de Hunucmá, Umán, Samahil, Kinchil, Ucú y la zona metropolitana de Mérida.

En la misma vía hacia Hunucmá, también se llegó a construir una gran zona habitacional de clase media. El gobierno lo denominó Ciudad Caucel, con más de 17 mil viviendas y con capacidad de superar las 22 mil. En la actualidad todavía hay zonas que aún no han sido habitadas, pero están en proceso. Muchas empresas desarrolladas de vivienda adquieren espacios en esa zona y miles de familias desarrollan sus actividades familiares y comerciales en Ciudad Caucel, tierras compradas al ejido.

La mayor parte de esas tierras, generalmente de uso común, eran improductivas, prácticamente “monte”, como suele decirse en Yucatán, pero cuando uno recorre la carrera Mérida-Hunucmá el paisaje tiene otro tono, uno de crecimiento, uno de progreso, de desarrollo, de impacto económico para las familias.

ACOM

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